Hay proyectos que terminan cuando se celebra el último punto del guión. Y hay otros que, cuando llega el momento de cerrar el pasaporte, nos obligan a mirar atrás y a preguntarnos cuántas cosas hemos vivido sin darnos cuenta de que, algún día, las echaríamos de menos.

El Explorador de Tenerife 2026 pertenece a los segundos.

 Esta aventura nunca consistió únicamente en jugar al ajedrez. Nació para sacar nuestras casillas de los lugares habituales, llevarlas a las plazas, acercarlas a los centros comerciales y recorrer Tenerife de una manera diferente. Para que cada torneo fuera también una excusa para salir de casa, encontrarnos, conocer rincones de nuestra isla y descubrir que, a veces, los mejores recuerdos aparecen en los lugares más sencillos.

Y así, casi sin darnos cuenta, fuimos llenando el mapa.

Un sello después de otro. Once sellos, once lugares que ya no serán exactamente los mismos cuando volvamos a ellos. Porque ahora guardan algo nuestro: una mañana de verano, una mesa compartida, la voz de un compañero, una partida que se nos escapó por los pelos o aquella victoria que seguimos celebrando mucho después de haber recogido las piezas.

También guardan lo que sucede cuando el reloj se detiene.

El refresco tomado entre rondas, el bocadillo de la zona que sabía mejor porque lo compartíamos con amigos, ese café con sal que forma parte de nuestra manera de entender la vida en esta tierra. Las conversaciones que empiezan hablando de una jugada y terminan recorriendo cualquier otro asunto. Las familias que acompañan, esperan, animan y convierten cada desplazamiento en un pequeño día de vacaciones. Los niños que miran su mapa con la seriedad de quien custodia un tesoro.

Y los mayores, que quizá disimulan mejor, pero que también sienten esa alegría íntima al recibir un sello más.

 En ese pequeño trozo de papel había mucho más que una prueba superada. Estaba la ilusión de volver a ver a los nuestros, el deseo de hacerlo un poco mejor que la vez anterior y esa mezcla tan humana de orgullo y rabia que nos deja una partida perdida. Aprendimos que no siempre se gana, que a veces el rival juega mejor y que otras veces somos nosotros quienes no encontramos el camino. Después guardamos las piezas, respiramos hondo y nos sentamos otra vez. La vida también tiene algo de eso.

Quizá por eso el Explorador ha sido mucho más que una competición. La Federación Insular de Ajedrez de Tenerife quiso que cada persona encontrara su sitio en esta ruta, independientemente de su edad, de su nivel o de los puntos que sumara. También por eso los sellos de virtud tenían un significado especial: ayudar, aprender, compartir, perseverar. Había formas de avanzar que no aparecían en ninguna clasificación y que, sin embargo, decían mucho de quien las conseguía.

Hoy tenemos once sellos en la memoria. Once pequeñas pruebas de que merece la pena detenerse, preparar un tablero y ofrecer a la gente un lugar donde encontrarse.

Y es que Tenerife se conoce de muchas maneras. Se puede recorrer mirando al mar, subiendo al monte o siguiendo sus carreteras. Nosotros hemos elegido otra forma: sentarnos frente a alguien, colocar las piezas y dejar que una partida nos acerque a un lugar y a las personas que lo habitan. Hemos llevado el ajedrez donde transcurre la vida cotidiana, allí donde alguien podía detenerse un momento, curiosear, preguntar qué estaba pasando y acabar descubriendo que también quería jugar. Esa es una de las grandes razones de sacar nuestro deporte a las plazas y a los espacios comerciales: permitir que llegue a quienes todavía no sabían que podía formar parte de sus vidas.

Dentro de unos años, quizá no recordemos quién quedó primero en cada torneo. Puede que olvidemos una combinación brillante, un resultado ajustado o aquella partida en la que dejamos escapar una torre. Pero estoy segura de que alguien conservará una fotografía, otro encontrará el mapa en un cajón y sonreirá al reconocer los sellos, y habrá quien cuente que aquel verano recorrió la isla jugando al ajedrez con sus amigos.

Ojalá también recuerden los niños que crecieron un poco en cada viaje, las familias que hicieron kilómetros para compartir unas horas y quienes llegaron sin conocer a casi nadie y acabaron teniendo un sitio en la mesa de los demás.

Porque el verdadero premio no cabe en una bolsa, no se graba en un trofeo y no necesita una ceremonia para existir. Está en el mensaje que llega después de un torneo, en la pregunta de cuándo volveremos a vernos, en el hueco que deja una actividad cuando termina y en las ganas de repetirla.

Once sellos. Once recuerdos para nuestra retina. Y quién sabe cuántos más para el corazón.

Cerramos el Explorador de Tenerife 2026 con la satisfacción de haber compartido algo que va más allá del tablero. Gracias a cada jugador y jugadora, a las familias, a los clubes, a las personas que organizaron cada parada y a quienes abrieron sus espacios para recibirnos. Gracias por entender que, detrás de cada torneo, hay muchas manos trabajando para que otros puedan disfrutar. Ningún pasaporte se llena solo.

Y si algún día, al abrirlo, nos detenemos ante uno de esos sellos y sentimos una pequeña punzada de nostalgia, sabremos que todo aquello valió la pena. Porque la nostalgia no aparece por cualquier cosa, aparece cuando hemos sido felices y una parte de nosotros quisiera regresar, aunque solo fuera un ratito, a aquel lugar donde todavía no sabíamos que estábamos creando un recuerdo.

Tal vez esa sea la mejor forma de medir lo que hemos vivido. No por los kilómetros recorridos ni por las partidas disputadas, sino por todo lo que nos costará despedirnos de ello.

El mapa ya está lleno de historia. La aventura de este año termina, pero Tenerife seguirá ahí, con sus plazas, sus rincones y sus gentes. Y nosotros seguiremos encontrando motivos para volver a sacar las piezas de su caja.

Los diferentes premios se entregarán el 24 de octubre al finalizar el I Batalla de Gallos de Equipos Libres, en el Centro Sociocultural Fuente del Lomo, La Matanza.

Por fta_admin

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