Nació una tarde lluviosa de un 8 de noviembre con una participación récord de 42 equipos dispuestos en cuatro categorías. La liga por equipos es nuestra competición reina por varios motivos, pero principalmente porque mantiene esa esencia de antaño, esa sensación de que, aunque los equipos cambian de jugadores, de nombre, de sede o de equipación, se mantienen para “muchos de nosotros” los principios fundamentales que la forjan.


El honor del esfuerzo compartido, nadie compite solo. Incluso cuando uno cae, su sombra sigue luchando con él. La fuerza del equipo no reside en los mejores, sino en la trama invisible que los une, en los que permanecen y siguen apostando por nuestro ajedrez.


El ritmo del juego como relato, los encuentros no son solo partidas: son 14 o 17 capítulos. Cada jugada un verso breve, cada victoria o derrota una oda y la liga entera, un libro que describe nuestro presente y nos da pistas sobre nuestro futuro.

Una liga recorrerá un territorio donde el azar respira, los equipos aceptan que el destino coloca piedras, pero son ellos quienes deciden si tropiezan o construyen con ellas. Un equilibrio permanente entre el destino final y la elección.


El respeto a la confrontación, enfrentar a otro equipo no es destruirlo: es reconocer su valor. Una liga no vive solo en el tablero, late en las voces que la siguen, en quienes la celebran y la cuestionan. Es una morada en expansión, sostenida por quienes se acercan a ella buscando pertenencia, emoción o refugio.

Más allá de marcadores, estadísticas o preseas, la competición es un escenario donde seres humanos descubren algo sobre sí mismos: su temple, sus límites, su valor, sus sombras y sus luces.
El resultado termina; el crecimiento permanece.

La hermandad de los colores. Cada equipo nace bajo un color, un estandarte, un símbolo.
Ese color no es tinta: es una unión.
Une a quienes lo portan, más allá de la habilidad o el destino, como un hilo que cose voluntades distintas en un solo latido.

Cada temporada es un renacer. Lo que fue gloria se vuelve polvo; lo que fue fracaso, oportunidad.
La liga se alimenta de ciclos: cae la noche, despierta la alborada, y todo vuelve a ser posible.

En definitiva, empezamos un pasaje con cuarenta y dos escuadrones que representan nuestra geografía, desde Teno a los Gigantes, pasando por la costa y vigilados por el padre Teide con la única e importante misión y pretensión de buscar nuestra mejor versión y la eterna posibilidad de honrar nuestra entrega a un deporte que nos une y donde todas y todos somos igual de importantes para las gafas de esta federación.

¿Nos acompañan?

Por fta_admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *